Gauguin no es el autor del cuadro más caro de la Historia

En el mercado del arte, además de otros fenómenos caprichosos que disparan el valor de las obras, existen las burbujas imaginarias. El secretismo con que se actúa a veces, por el alto valor de las transacciones, puede llevar a gruesos equívocos. Así ha ocurrido con «Nafea Faa Ipoipo» (¿Cuándo te casarás?), el Gauguin que, con el título original tahitiano, correspondiente al conocido periodo del pintor francés en la Polinesia, había sido vendido supuestamente por 300 millones de dólares en septiembre de 2014.

Tres años después de ser bautizado como el cuadro más caro del mundo, tras superar al Cézanne «Jugadores de cartas», vendido en 2011 por 250 millones de dólares, una disputa judicial por las comisiones por la operación ha reducido la espuma en 90 millones de dólares. Es decir, que el cuadro fue adquirido por el emir de Qatar, Sheikh Tamim bin Hamad al-Thani, por 210 millones de dólares, de acuerdo con los nuevos papeles conocidos.

Quizá nunca nos hubiéramos enterado, si el subastador suizo que ejecutó la compraventa, Simon de Pury, no hubiese llevado a los tribunales al vendedor, Rudolf Staechelin, un ejecutivo jubilado de la casa Sotheby’s que atesora una excelsa colección donde brilla el arte impresionista. La reclamación, de diez millones dólares en concepto de comisión por la operación, está pendiente de resolverse en las próximas semanas en los tribunales londinenses, según «The New York Times».

Dos años de negociaciones
Después de dos años de negociaciones, Staechelin vendió formalmente el cotizado lienzo del pintor parisino al marchante de arte Guy Bennet, quien actuaba de parte del emir qatarí, como rezan los documentos que han trascendido ahora, casi tres años después, remitidos por los abogados del demandante. A su reclamación de una comisión, que se basa en que puso a las dos partes en contacto para que negociaran una posible operación y ayudó a consumarla, el vendedor replica que la única comisión le corresponde a él. Y le acusa de no haber tenido en cuenta otras posibles ofertas que podrían haber elevado notablemente el verdadero precio final.

Jeremy Scott, el abogado de Staechelin, y sus colaboradores lo explica así basándose en opiniones ajenas: «Los administradores dicen que no tenía que haber dejado al margen otras opciones, que no debería de haber aceptado la venta en 210 millones de dólares. Y, por tanto, concluyen en que no tiene derecho a comisión alguna». Como es sabido, en el mundo de las transacciones de arte la labor principal del subastador es lograr que el precio final de la venta sea la mayor posible.

La impresionante colección de Rudolf Staechelin, que fue amasada en gran medida por su padre, del mismo nombre, durante la Primera Guerra Mundial, volvió hace pocos años a ser gestionada directamente por él, después de un periodo de préstamo al Kuntsmuseum, de su ciudad suiza, Basilea. Además de pinturas de Gauguin, otros grandes representantes del impresionismo y el postimpresionismo, como Van Gogh, Picasso y Pissarro, dan un enorme valor a su contenido.

Sin contrato por escrito
A falta de un contrato por escrito, algo que es muy habitual en un mercado en el que «siguen funcionando las formas caballerosas, basadas en la mutua confianza», según el abogado del demandante, Jonathan Cohen, los jueces tendrán que guiarse por los hechos conocidos y las intenciones. En su demanda, Simon de Pury actúa en compañía de su mujer, Michaela, con quien regenta una sociedad limitada de subastas.

Además del jarro de agua fría que supone para las grandes operaciones de arte, que se celebran como hitos, el hallazgo es otro motivo para pensar cuánto hay de verdad en un ránking de difícil contraste. ¿Se vendió realmente el «Interchanged» («Intercambiado») de Willem de Kooning por 300 millones en 2016? Entonces, igualaba al Gauguin. Hoy, ocupa en solitario la cabeza de la clasificación.

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